Tenebris ex ánima
┬® 2025 GONZALO MATEO ABBAS. Todos los derechos reservados.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723. Esta obra no puede ser reproducida sin el permiso previo del autor.
Primera edición digital: Septiembre, 2025.
TENEBRIS EX áNIMA
Subíamos hasta la avenida después de una tarde de bizcochitos y mates. Demasiado calientes para el frío invernal. Siempre me dicen: "está tibio." Y yo voy y me quemo como un pelotudo.
A las seis menos diez terminamos la primera cuadra, donde el gélido vendaval que nos empujó por todo el camino, perdía fuerza y se volvía más ameno.
Desde la parte del río a la que vamos, dónde está el enorme cartel de propaganda en medio de la rotonda, hasta la avenida Maipú hay once cuadras. Un tramo corto que hicimos varias veces, y más o menos en los mismos horarios. No es una zona peligrosa, ni está cerca de una. Está algo desolada, pasan pocas personas de ida o de vuelta, pero siempre te cruzás a alguien.
Faltaban cinco interminables cuadras. Los titánicos árboles ennegrecen el resto del tramo hacia la avenida.
Éramos seis: Susi, Luna, Josefina, Sofi, Enrico, y yo, saltando de un tema a otro:
—Vida es vida, todas valen lo mismo, pero queramos o no a veces hay que poner una vida sobre la otra...
Los vimos desde lejos, charlando entre ellos, y dando algunas estruendosas risotadas. Guardaron silencio y mantuvieron la vista al frente. Solo yo me percaté de eso mientras nos reíamos de la profe de matemática.
Cuando los tuvimos a media cuadra sospechamos un poco. Cuando los tuvimos enfrente pensamos que íbamos a salir en las noticias"
Al llegar al faro, el de gorra agarró de la remera a Luna y la jaló junto a él, estrangulándola con el codo; el de la campera azul rodeo con su brazo la cintura de Susi y la pegó contra su cuerpo, también ahorcándola; el último nos apuntó y pidió nuestras cosas.
Su mirada me llamó. Forcejeando por alejarse unos míseros centímetros de la nariz de esa sanguijuela; su mirada me llamó mientras su cintura huía de esa mano tatuada. Su mirada me llamó y mi odio respondió.
Salté hacia la pared, sin dar la orden, una de mis sombras me jaló a la oscuridad de la pared, sumergiéndome en ella. Las otras dos aparecieron, me miraban como juzgándome con sus rostros vacíos.
Me deslicé junto a mis tres sombras. Una se quedó conmigo y nos dirigimos hacia el de campera azul, las otras dos fueron por el del piercing y el de gorra.
Emergí de la sombra que su cuerpo proyectaba por la luz del farol, mi sombra levantó la muñeca que se aferraba al arma. Desestabilicé con un golpe a la cara y soltó a Susi para defenderse. Esquivé a Susi y metí una patada a la mandíbula.
El brazo de mi sombra asomó sobre mi hombro y liberó una ráfaga de plomo.
Los otros dos estaban en el piso, uno neutralizado, otro con la boca medio abierta y los ojos blancos.
Di un paso a la vez, no me di cuenta pero estaba disfrutando que se arrastrara por el piso sin poder hacer nada. Al llegar a él lo miré; no creó que olvide la mirada que me devolvió.
Pisoteamos su cabeza hasta pulverizarla en un sangriento geiser.
Contemplé mi crimen. Sin el canto de las aves; sin el ruido de los autos; sin el viento azotando las hojas. Solo el frío del invierno, quemando mis manos y la oscuridad de las tardes invernales.
Me di la vuelta. Ahí estaban; como estatuas de piedra. Susi me miraba con la misma desesperación con la que me llamó.
Corrí hacia ellos y nos sumergí a la fuerza con ayuda de mis sombras. Nos llevé tan rápido como pude al interior de la fábrica abandonada para poder explicar las cosas lejos de los ojos de testigos.
Salimos por una pared, ignoré las preguntas y revisé los alrededores. Me senté en el piso, a cierta distancia de todos, a recuperar el aliento.
—Yo... no quería... Me hubiera gustado no hacer... eso. No termino de entender lo que pasó. —Al decir esto, la sorpresa en sus rostros fue inmediata, pero mantuvieron el silencio— Yo sabía que eventualmente mostraría mis poderes, pero nunca imaginé que sería así.
—¿De qué mierda estás hablando? —dijo Sofi.
—¿Estás hablando de esos fantasmas negros? —dijo Rico.
—Los viste.
—Sí. Te vi salir del piso, con una de esas figuras negras y a las otras dos. Los vi golpeándolos a los otros dos mientras lidiabas con el que estaba con Susi.
Las chicas se miraban entre sí como si estuvieran en un cuarto con dos desconocidos.
Las miré, e inhale profundamente. El calor corporal, las manos transpiradas, y el hormigueo en el pecho se me subieron al cuerpo de un segundo al otro, como si por un momento las hubiera contenido en una caja. Respire profundo.
—No soy normal. Ni idea de que son en realidad. Me salvaron la vida no se fueron; están conmigo para cuidarme, supongo. —Las chicas me miraban como si esperasen un ataque. Me puse de pie y un pequeño espasmo las sacudió—. Vamos, los llevo a casa.
Se pararon, sin decir ni una palabra, mirando al piso.
—La cosa es así, solo necesito que se agarren de mí, o mis sombras, para poder nadar por la oscuridad conmigo. No les va a pasar nada. ¿Sí?
Nos tomamos de las manos entre todos y traspasamos la pared de la fábrica.
Me levanté dándome cuenta de lo realmente shockeante que debe de ser para ellos todo esto.
—Ahí se aprecian las imágenes censuradas. Son heridas brutales en verdad. Heridas que no pueden hacerse en unos pocos segundos sin armas de un calibre considerable. A excepción de uno de los criminales que fue asesinado utilizando una de las pistolas Heckler & Koch USP hasta vaciar el cargador. Junto a esta, fue encontrada también otra del mismo modelo y un revólver Smith & Wesson modelo 10. Las otras dos víctimas están en un estado deplorable, casi irreconocibles; a una de ellas le faltan trozos de piel en el rostro, dejando ver la carne, y a la otra, por los órganos esparcidos alrededor, pareciera que le aplastaron la cabeza con algún objeto contundente...
—Este país se va a la mierda.
Terminó de untar las tostadas y me pasó dos. Yo me mantuve silencioso y rígido como una tumba.
El pelado miraba a la cámara, parecía olvidarse de parpadear. Su rostro era el de un dictador, y sus inertes ojos me miraban a través de la pantalla; como un profesor mirando a un alumno mientras lo castiga. Le pedí a papá que cambiase de canal, pero la noticia estaba en todos los canales.
Apuré el desayuno y salí; miré a ambos lados y me sumergí en la oscuridad del pasillo. A pesar de haber matado a tres personas a sangre fría no me sentía culpable en absoluto, y eso se sentía mal. Se sentía incompatible conmigo, con mis acciones...
Pero no con... mis ideas.
Oí un claro susurro. Miré a toda persona cerca mío. Todos con la mirada perdida en el horizonte que terminaba en la otra cuadra.
Oí el susurro otra vez, era diferente de mi voz interior, como si me lo susurraran al oído pero resonara en mi cabeza.
—"Somos vos, Manuel. Una herramienta a tu yo verdadero. Tuyo que tuvo suficiente de estar por debajo de los demás, tuyo que quiere ver un mundo mejor... Eso que pasó fuiste vos, Manuel, fue el poder para cambiar al mundo. Pasó lo que pasó porque estaban manoseando a Susi; estaba en peligro. Ella y tus amigos. Rechazaste que ellos pongan las reglas que te ponen por debajo; que se crean dueños de la sociedad; que puedan matar gente como si se tratase de comprar un caramelo en un kiosco. Fuiste tu verdadero yo, tu yo que odia la injusticia. Eso es lo que somos los dos: odio".
Ellos tenían razón: odio la injusticia.
Estaba aterrado de que algo le pasara a Susi. Escorias como estas salen en las noticias todos los días, y algunos ni siquiera caen ante la justicia. Y ellos me permitieron hacer lo correcto.
—"Pensá en todas las personas que han matado esas tres sanguijuelas. Gracias a vos ya no pueden seguir segando vidas".
—"Gracias a mi...".
En la esquina del colegio estaban mis amigos. Y Virgilio en el escalón, leyendo Ficciones.
La misma sensación de ayer en la oscura fábrica volvió, y sus voces decían cosas horribles sobre ellos.
Llegué y saludé. Virgilio, se tomó la molestia de detener su lectura y pararse a saludarme.
Yo no podía ver a la cara a nadie, pero ellos no estaban tan aterrados como ayer.
Durante las insufribles dos primeras horas de matemática, en las que prefiero un cabezazo contra la pared a que intentar entender a la profesora, Enrico, me susurró:
—Y... ¿Por qué yo pude verlos y las chicas no? —Me acerqué a su oído sin dejar de mirar al frente.
—No sé. Estoy tan confundido como ustedes. Solo llevo cuatro meses conviviendo con estos poderes, y recién hoy a la mañana me enteré que pueden leer mi mente; saben lo que pienso y cómo me siento.
—¿De dónde vinieron? —Me acercó el paquete de cereales.
—Estaba volviendo a casa después de tu cumpleaños... Caminaba hasta la parada, estaba enojado por lo que me había hecho Uriel... lo de la cáscara de banana. Me ardía el corazón. Me había quedado con las ganas de desfigurarlo a trompadas. En el camino, un grupo de chicos como nosotros venía de frente, tapando toda la vereda; uno de estaba medio en pedo y andaba a los gritos.
Estaba tan absorto en mis pensamientos que choqué con el borracho. Le pedí disculpas, pero de borracho se enojó y me vino a buscar. Cuando vi el puño que estaba a punto de aterrizar en mi cara, a la mente me vino unas ansias de destruirlo... en vez de huir o sentir miedo me lancé hacia él. —Hice una pausa larga para evitarme problemas, y fingí tomar apuntes—. Y esas tres sombras humanoides salieron de mi interior, como si mi alma hubiera salido de mi cuerpo. Las ignoré por completo encima, solo quería pegarle al borracho pero cuando terminé me asuste bastante. Una sombra le había metido un codazo en la cara, la otra una patada a la rodilla y me le tiré encima... Nunca me sentí tan vivo como en el momento en el que me alejé mientras sus amigos llamaban a una ambulancia.
Me había agarrado esa sensación de cuando entendés algo por primera vez. Fue como desbloquear un recuerdo. Como si siempre hubieran estado ahí. Me pareció normal que eso hubiera pasado y que apenas me lo cuestioné.
Además de ayer, nunca vi sus ojos tan abiertos. No dijo nada.
—Igual el tipo estaba borracho, no era rival.
—No importa. Vos no eras capaz de matar a una mosca.
Después de escuchar el ring de la campana, Susi, se levantó y vino hasta nuestro banco como si fuese cualquier otro día. Ni bien lo noté se dispararon todas mis alarmas; el pulso se me aceleró, y empecé a acalorarme.
Mientras todos se iban al pasillo, se acercó a nosotros para susurrarnos.
—¿Podrías mostrarnos más de...ya sabes qué?
—Acá ni loco. Tenemos que ir a otro lado. Un lugar más privado—. Noté que Uriel, al pasar detrás de Susi, la ojeó. Eso dio un chispazo en mi corazón. Le devolví una mirada asesina, y no me importó cómo iba a reaccionar y por dentro me pidieron que lo destruya.
—Mamá no va a estar en casa hasta las seis. Compramos empanadas y vamos a casa. ¿Les va?
Terminamos el lunes y compramos el almuerzo.
Tuvimos que caminar dos cuadras hacia adentro. Cuando vimos que no había nadie, yo y ellos me ayudaron a navegar por las pocas sombras que pueden haber a la una de la tarde. Entramos por la pared de un departamento, volvimos hasta la avenida yendo por donde vinimos, subiendo por algunas paredes y árboles. Para no esperar a que el semáforo se ponga en rojo, cruzamos la calle saltando entre las sombras de los autos; mi parte favorita de moverme entre las sombras (además de subirme a cualquier lugar alto para ver el atardecer).
Una sombra traspasó la ventana y la abrió del otro lado. Entramos al departamento y salimos de una de las paredes.
—Dios mío. ¿Haces eso todos los días para ir al colegio?—. Dijo Susi mientras se sacaba los zapatos y colgaba su campera.
—Si, si, aunque siempre me gusta caminar un poco.
—Ojalá poder hacer eso—. Dijo Enrico peinándose.
—No vale, yo también quiero poder hacer eso. Podría ir por la calle sin tener que fumarme a la gente que camina lento—. Dijo Sofi desde el baño.
—Otro buen uso que se le puede dar—. Dijo Josefina.
—Tenemos suerte de tenerte la verdad—. Dijo Luna.
Me quedé en silencio. Aproveché mis manos extra para poner la mesa.
Sofi sufrió un mini infarto cuando vio tres pares de vasos flotar en el aire y casi tira las empanadas hacia el techo.
Nos sentamos a comer.
—¿Hace cuánto tenés esto? —dijo Sofi.
—Desde el cumpleaños de Enrico...
—¿Y por qué no quisiste mostrárnoslos esa misma noche? —Dijo Jose.
—Fue después de esa noche, o sea, fue después de que me vaya por lo que pasó con Uriel.
—¿Y qué hiciste para que vinieran a vos? ¿Hiciste algún ritual?—. Dijo Luna.
—No, no hice ningún ritual. ¿Se puede invocar la ayuda de espíritus?
—Sí, pero no es gratis. No das tu alma a cambio, necesariamente pero siempre hay un precio y un riesgo—. Entonces ¿qué hiciste para que te ayudarán?
—Tenía que defenderme de un borracho. Solo aparecieron.
—¿Cómo que de un borracho? Raro de voz que te hayas peleado con alguien—. Dijo Josefina.
—Un mamarracho con el que me choqué yendo para mi casa. Él vino hacia mí, yo solo le dí su merecido.
—Podría decirse que sí. Por suerte pasó. Si no estaríamos muertos.
Después de almorzar, Susi fue a su cuarto a buscar su guitarra eléctrica en forma de V y el amplificador.
—Este año nos anotamos si o si ¿me escuchaste?—. Dijo Susi.
—Ok, ok... pero me da vergüenza y no se que podríamos tocar.
—¿Qué te parece Bohemian Rhapsody? Tiene piano y guitarra y es conocida.
—Banco la idea —Dijo Enrico, y cantó—. ¡MAMáááá, UUUH UH!
—Si lo hacen bien la rompen. Nadie se anima a hacer una buena función en el show de talentos. Siempre hacen lo mismo. Son aburridísimos y vos tocas re bien el piano. —Dijo Jose.
—Copate y hacelo. No seas malo. No te pido que cantes. —dijo Susi mientras volvía a tocar el solo de Bohemian Rhapsody.
—Sí, Manuel, soltate y hacelo. —Me dijo Luna—. Ya tocabas el piano bien, imagínate ahora que tienes seis manos más.
—Podrías ser el mejor pianista del mundo —dijo Rico mientras se servía un vaso de agua—. Estos poderes sirven para hacer un montón de cosas.
—También podría ser un excelente "mucamo" —dijo Josefina—, te limpiaría toda la casa en un segundo.
—Ya me lo imaginé con el trajecito de mucama —dijo Sofi—, podrías trabajar de mago.
—Sí, pero al momento que alguien pueda ver las sombras se acabó el show. —Le dije.
—Mmm, tienes razón. Pero podes ingeniártela, podrías hacer el truco de bajar de las escaleras, y otros trucos más locos. —Dijo Susi.
—También podrías dedicarte a levantar pesas. Serías la persona más fuerte del mundo. —Dijo Susi.
—Tal vez, pero te va a llevar mucho tiempo superar a Guillermo Nishimura. —dijo Rico después de terminar su vaso de agua—, es una mole de ciento treinta kilos de músculo, y mide casi dos metros. Fue capaz de levantar un cuatro por cuatro con una sola mano, le costó, pero lo hizo.
—¡Ay!, si, lo vi, el cuerpo de ese tipo es un asco, demasiado músculo. —Dijo Susi trayendo el termo.
—Ahora que lo mencionas, había pensado anotarme al gimnasio, pero no me llama mucho la atención.
—Y mira no te vendría mal unos kilos de más, —dijo Rico rascándose el cuello— estás muy flaco.
Eso me molestó tanto como cuando Uriel miró a Susi, pero tenía razón, necesitaría unos kilos de más. Estoy tan flaco que no puedo jugar al volley sin mangas largas; a veces me veo al espejo y se me hace desagradable lo mucho que se notan mis costillas. Mis puños serán fuertes pero mi cuerpo es frágil.
...
—¡Chiquis! Tengo entradas para Mandarin. ¿Vamos?—, dijo Josefina mientras las sacaba de la mochila, y los demás gritaban.
—Oooooooaaaaaa.
—Esta vez vas a ir Manuel. Sin excusas ni mariconadas, a ver si consigues una novia. —Dijo Josefina.
—No, no. Ni sé bailar.
—Ah, pero en las fiestas de quince si que bailas, ¿no?—Dijo Luna. No pude evitar sonreír, tenían toda la razón del mundo. A veces sí me gusta bailar.
—Dale dos vasos de fernet y vas a ver como baila —dijo Enrico antes de tomar el mate.
—Además vos sos más atractivo de lo que crees —me dijo Susi mientras agarraba el mate— te falta salir, conocer más gente, y liberarte.
—Puede ser, pero con ustedes estoy bien. Estoy feliz en donde estoy. Salimos, nos reímos, toco el piano, tengo buenas notas; tengo poderes.
—También sos millonariamente millonario, no te olvides —dijo Rico—, tenés la vida resuelta.
—Tiene toda la razón —dijo Sofi metiendo la mano en el paquete de bizcochos—. Con toda la plata que tenés iría a conciertos cada dos por tres, encima ahora vienen los Guns y no puedo ir a verlos porque no tengo un sope partido al medio... Se terminaron los bizcochos. ¿Vas a buscar más Manu? —me paré sin tardar—. Anda hasta la avenida, y media cuadra a la izquierda.
—No, no me des. Yo los pago.
—Grande Manuel —dijo Enrico brindando con el mate.
Palpé mis bolsillos. Me hundí en la pared, y bajé hasta la calle. Tuve que esperar a que pasara una viejita (una piedra se movía más rápido), salí de la pared y caminé hasta el minisuper.
—"Liberarte; hasta ella lo ve. Esperemos que quieras empezar a ver la verdad".
—"¿Cuál verdad?"
—"De qué vivís esclavo por elegir la debilidad".
Cuando entré, en la caja había un chico parecido a los que me asaltaron ayer, de más o menos veintidós años. Con una barba bastante crecida y prolija. Se vestía como un famoso en la entrega de los óscares. Tenía unos cuantos anillos de oro, y una cadena en el cuello.
Estaba acompañado de dos chicas modelo. Las dos tenían un delgadísimo moño rojo en el dedo.
Yendo hacia la estantería, saludé a la cajera. Al verla, noté que el chico, que me estaba dando la espalda, se giró a mirarme. Me miró un segundo, embobado y con el rostro apagado. Pagó y se fueron.
Pagué los bizcochitos y volví a casa de Susi.
—Al fin llegaron—dijo Josefina atrapando el paquete.
—Había un chico extraño, me generó algo... turbio.
—¿Medio morocho y con la cadena de oro? —dijo Rico.
—Sí, ¿lo conocés?
—A veces pasa por el kiosco, que raro verlo por acá —dijo Rico sirviendo el mate y pasándolo a Susi.
Diez minutos antes de las seis ya nos habíamos ido. Acompañamos a Luna hasta su casa, caminando, y de ahí hice de taxi para Josefina y Sofi. También llevé a Rico, pero lo dejé en la parada del bondi que lo lleva hasta su casa.
Las cuadras hasta mi casa las hice caminando.
—"También podemos ser un portal a eso".
Llegué a casa, y antes de hacer otra cosa, prendí la tele y subí un poco el volumen.
—No me importa si me muero buscando, yo solo quiero encontrar a mi nena, pasen uno, dos, cinco años, la voy a seguir buscando...
Manuel se levantó con todo el entusiasmo del mundo. Pasó al baño y se lavó la cara como si tuviera que sacarse una mascarilla de barro. Se arregló ese trapo sucio que tenía en la cabeza al que le llamaba pelo. Quería que cada pelo estuviera en su lugar; mientras tanto, una de sus sombras revisaba remera por remera, pantalón por pantalón y media por media.
—¿Te acabás de peinar? Increíble. —Dijo papá prendiendo la tele.
Manuel le respondió con una sonrisita y se sentó a desayunar con las noticias de fondo, viendo, de vez en cuando, a la ciudad aclararse poco a poco por los rayos del sol.
—Acuérdense que hoy a la noche voy a salir a comer con Susi —dijo Manuel,
—Sí, nos dijiste ayer, ¿a qué hora? —Dijo mamá pasando las tostadas.
—A las diez/diez y media, más o menos.
Sobre su cama ya estaba la remera gris de AC/DC, el pantalón negro, y las medias de toalla blancas.
Como atravesando su mente, recordó a Uriel por unos momentos.
—"¿Pensando en darle una lección?"
—"...".
—"¿No querés liberarte?"
Yendo al colegio, volvió a recordar a Uriel. Era como jugar al ping-pong, entraba el recuerdo de Uriel, y él lo sacaba con algún otro pensamiento.
Para su sorpresa, Uriel había llegado más temprano. Cuando lo saludó no podía creerlo. ¿Por qué no lo golpeaba hasta que le pidiera piedad? Ninguno le caía bien al otro. ¿Por qué seguían engañando así? ¿Por qué sus acciones no coincidían con lo que sentía? Su silencio le parecía lo correcto, pero no estaba siendo útil para frenar al rompepelotas de Uriel.
Aunque estaba con la gente que lo quería y bancaba, ya estaba fastidiado con que Uriel existiese. Saltaba entre emociones; entre los comentarios de Rico y sus pensamientos
—Pasa que ñamfri era un ruido que hacía una de sus amantes, y tiene que ver con algunos fetiches. O sea no eran fetiches, eran cosas que él hacía que no se te ocurren. Tampoco te metia una tarjeta por el ojete, pero son cosas que cuando las pensás decís: mirá, no se me había ocurrido.
Virgilio frenó su lectura y miró a Enrico con el ceño fruncido.
—La verdad que no sé cómo te enteras de esas cosas —dijo Manuel.
—Me gustan los redondos ¿qué te voy a decir? —dijo Enrico—, no es mi culpa que sea la mejor banda del mundo.
Las siete y media. Rico iba hacía la entrada tarareando Masacre en el puticlub.
Manuel no podía concentrarse. Miraba para cualquier otro lado. Miraba los árboles bañados en la luz del sol que recién terminaba de salir; miraba a los pájaros saltando entre las ramitas. También miraba a Susi. La voz de la profe era ruido.
Prefería volar con su imaginación hasta otro lugar; subir hasta el lugar más alto posible, y que le pegue la luz del sol mañanero. A veces pensaba: "que pérdida de tiempo". Y le daban ganas de irse.
—¿Se te metieron hormigas en el culo, amigo?
—Te juro que no sé qué me pasa —susurró Rico—, desde ayer a la noche que no me para de picar el cuerpo. Pensé que se me había pasado un poco, pero ahora me vuelve a picar un montón.
—Pará de rascarte así amigo, se te están poniendo los nudillos blancos —dijo Manuel vigilando a la profe.
Rico empezó a apretarse las manos con fuerza.
Manuel pidió a una de sus sombras que sacase el celular, lo pusiera debajo del banco y que escribiera en el grupo:
En la puerta del aula, donde todos se amontonan como ganado para salir al recreo, sintió un brusco empujón que le arrebató la alegría.
—"Hagámoslo sufrir... Destruílo ¿Por qué huís?"
—"Es un boludo, no tiene sentido".
—"Idiota como él no cambian, Manuel. Demostrale que estás MUY por encima de él Hacelo, querés hacerlo, podés hacerlo, y sabes que se lo merece. Solo vos te estás deteniendo de hacer lo correcto".
Uriel se disculpó al pedo muchas veces. Cambiaba por unos días y después se volvía el mismo pelotudo de siempre...
—"...".
—"Dejá de negarte a vos mismo...".
—"Sí, es molesto pero no puedo vivir odiando, así que bajen un cambio con todo esto. Porque hoy es un día que las cosas tienen que salir bien ¿capiche?"
—"...".
Eran las nueve y media. Ya estaba limpio, perfumado, y con el carancho de la cabeza bien peinado. Ya tenía el outfit de hoy a la mañana encima con un buzo de canguro gris.
Salió quince minutos antes, con su gabardina de abrigo negra que le llegaba a la rodilla.
Cerró la puerta, miró a ambos lados, palpó sus bolsillos, y se sumergió en la oscuridad del pasillo.
Se lanzó hacia un árbol, y salió en dirección a una rama, agarrándose de una de las ramas de arriba.
Estaba a punto de tener una cita con la chica que le gusta. Tenía acceso a esa posición, a esa hermosa vista. Con sus manos, encapsuló todo frente a él. Tenía el poder para ponerse por encima de algo tan letal como un arma de fuego, era más letal que un arma de fuego. Una fuerza desconocida para la mente humana.
Un éxtasis de serenidad; se sentía en el lugar y momento correcto, se sentía correcto. Sin manos sudadas, sin mirar para todos lados, sin pensar.
Se movió a otra rama, sólida. Se paró firme y sin sentir vértigo al levantarse. Corrió y saltó hasta otro árbol y se sumergió en su sombra; recorrió la oscuridad hasta la punta de la rama más alta y saltó hacia un edificio cercano por el que subió hasta la terraza.
Miró al abismo de bajó, miró la ciudad; sonrió.
—Puerta.
—Ya salgo.
—"No vemos nada sospechoso en toda la cuadra.".
—"Mejor".
Escuchó la puerta detrás suyo. Ellos no dejaron de ver a sus alrededores.
—Buenas noches.
—¡Holis!
Su perfume era riquísimo, muy fuerte, se mezclaba muy bien con el aroma del shampoo.
—¿Todo bien?
—Hasta las pelotas del frío, pero sí, todo bien.
—E-el frío le gana al calor. Si hiciera calor, no me podría vestir así de bien. —Manuel le dio la mano.
—No tiene nada que ver. En verano también te podés vestir bien. No vayas tan rápido como el lunes porque me arruina el outfit.
—Ay, ella y su "outfit".
Atravesaron la pared.
Una cuadra antes de llegar a Grilly 's, paró en un árbol, sus sombras salieron y analizaron el perímetro. Primero salió él. Revisaron de nuevo los alrededores. Luego, tomó la mano de Susi, y la hizo salir.
—¿Estás bien?
—Sí, sí. cagada de frío pero bien.
—¿Querés mi saco?
—No, no, total estamos a una cuadra.
—Vamos, entonces, me muero de hambre —dijo Manuel—. Papá me dijo que este lugar tiene unas hamburguesas enormes. Y que los panqueques te dan diabetes con una sola mordida.
—Tenía unas re ganas de una hamburguesa. Toda llena de cheddar y panceta. ¡Qué rico!
Al entrar, el calor del ambiente era acogedor, como cuando uno está calentito bajo las sábanas. Parecía una cueva. El lugar más iluminado era la barra, con los estantes de las botellas iluminados por unas LED violetas. Los barman ponían toda su magia en los tragos; ágiles como espadachines de esgrima.
Miró a un grupito en una de las mesas de la izquierda.
—Menos mal que nos sentamos acá, me siento aislado del bullicio —dijo Manuel.
—Te acompaño, prefiero el silencio. Medio chico el lugar para poner mesas de pool. Estás comiendo tranquilo y te comés un palazo en la cara —dijo Susi—. ¿Sabes si te piden el documento?
—¿Por qué te lo pedirían?
—Qué se yo... Me quería pedir un trago.
—Claro, que boludo... No creo que te lo pidan. Estamos en Argentina.
—La verdad que tenés razón. Mirá si me lo van a pedir.
Susi sacó su celular. Manuel se limpió bruscamente las manos. Aclaró la garganta.
—Che ¿cómo vas con...
Miró a la barra; un hombre de musculatura titánica, otro de pelo faltante y canoso, hablaban con el barman.
Mesas llenas; un grupo de amigos apretujado tomando y riendo, la mesa de al lado una cita doble; nadie emanaba un aura de agresividad, nadie mostraba emociones negativas. El titán lo miró de refilón y volvió a la charla. Se dio la vuelta. La gente iba y venía del baño.
—Boludo, ¿estás bien?
Susi se sobresaltó por su sobresalto.
Siguió mirando sin responder. Envío a una de sus sombras a revisar el lugar con cautela. Pegó otra ojeada al lugar.
—Sí, sí, perdón por el susto. Solo... sentí... algo extraño... Pero no pasó nada.
—Ok... si vos decís —dijo Susi, antes de llamar a la moza que le hizo señas de que esperara.
—"No le gustó un carajo". Bueno, al menos ya sabe que existimos —dijo Manuel.
—Sí, sí... No te puedo creer. Mirá a la barra, ¿No es Guillermo Nishimura?
Dos metros de puro músculo, con una cola de caballo rubia que resplandecía bajo la luz. Parecía que en cualquier momento el banquito de la barra iba a rendirse. La campera de cuero marrón solo dejaba ver unas manos que podían destrozar sandías de una cachetada. Sus botas solo podían entrarle a pie grande. Y sus jeans azules definían sus muslos, grandes como patas de jamón.
Se le oían algunas risotadas a pesar del bullicio.
—Dios mío, se ríe como un marrano.
—Se lo ve amigable. Me gustaría su confianza.
—¿Y quién dice que no podes tenerla? Feo no sos, ahora sos fuerte, tenés talento con el piano ¿qué te falta para tener confianza?
Su sombra terminó de registrar el lugar, y se introdujo dentro de él.
—Mmm no sé, no sabría decirte. No sé solo soy así, supongo.
—"No hay nadie sospechoso".
—No sé, yo veo que los nervios y el miedo te contienen... bancame que paso al baño.
Miedo. Eso es lo que perdió en esos dos momentos, eso perdió gracias al odio. El odio le hizo olvidar el miedo, darle fuerza, darle confianza suficiente para enfrentar una situación de vida o muerte...
Revoleaba la mirada por todo el lugar mientras golpeaba la mesa con los dedos. Había un bullicio agradable, ruido de fondo agradable como el silencio; la música de ambiente no le terminaba de agradar, pero aportaba a la sensación de tranquilidad que le transmitía la composición del lugar. Guillermo hacía que cantaba algunas partes de la canción, exagerando los gestos.
Gritaron desde los baños. Una explosión de adrenalina lo hizo pararse sin pensar. Susi vino con paso rápido hacia él y le susurró al oído, Manuel miraba al pasillo; la luz del baño hizo un tajo en las tinieblas, que murieron cuando el tipo cerró la puerta. Manuel caminó hacia el baño.
—¿Algún problema? Boludito.
La patada en las bolas y el golpe al estómago impactaron al mismo tiempo; con un ahogado jadeo cayó de rodillas. Lo tomó de los pelos y lanzó un rodillazo que le manchó la rodilla. Lo arrastró fuera del pasillo, iluminado por la tenue bombilla de arriba.
—¡¿Quién es amigo de este mamarracho?!
—¡Eh! ¿Qué te pasa? ¡Pendejo hijo de puta te vamos a matar!
Manuel soltó a su víctima. Oyendo ruido, se quitó las manos que intentaban detenerlo. Sus sombras se superpusieron a su cuerpo, en un caparazón —"A la derecha, van a alinearse"—. Dio el paso, vio el puño. Se agachó, se adelantó, tomándolo del brazo y lo lanzó contra el piso —"Atrás y abajo"—. Giró, el tipo se tambaleó, le clavó los dedos en la muñeca. Jaló hacia abajo y lo hundió hacia el piso de un golpe de martillo en la nuca.
Sus jadeos relajaban sus dedos poco a poco. Se dio la vuelta y su puño se desplomó en una temblorosa mano. El calor le caía por la cara, por el pecho, como si su sangre se hubiera vuelto espesa, por las miradas que sabía se le estaban clavando en la nuca.
Apretó los dientes, ocultos tras su piel. Caminando tembloroso. El esqueleto que caminaba arrastrando su guadaña por el pasto, iluminado por el amanecer, colgado de la pared junto a una mesa lejana, parecía mirarlo también.
Se sentó. Susi lo miró.
—Te defendí.
—No dije nada.
—Me di cuenta que estás enojada.
—Buenas noches, ¿qué les ofrezco chicos?
—Dos Bombas Beacon.
—¿Y para tomar?
—Yo quiero el crazy nerds.
—Y yo un Daikiri de frutilla.
—Ok, ya les traigo.
—Gracias.
—Muchas gracias.
—...
—¡Y sí! Vinimos a comer no a que estés a punto de... matar a otra persona.
—Al menos ya sabe que sus acciones tienen consecuencias.
—Sí, pero... No sé, no es así, no podes simplemente matar a golpes al que te caiga mal.
—¡Te tocó un viejo verde dios sabe cuántos años mayor! ¿Hubieras preferido que no haya hecho nada?
—El chico tiene razón, yo hubiera hecho lo mismo... Fueron unos golpes bien dados para alguien que no sabe pelear. ¿Sabés quién soy yo?
—Guillermo Nishimura.
Se quedó paralizado revolviendo su jarra de cerveza. Susi agitaba la pierna debajo de la mesa y alternaba la vista entre Manuel y Guillermo.
—¿Se le puede ofrecer algo señor Nishimura?
El pibe estaba con una mano en la mesa.
—Sabés que si te levantás de esa mesa te hundo. Si no controlas la adrenalina podrías terminar en otra pelea que no podés ganar —vio el codo bajar— solo vine a hablar. Ahora vengo.
Fue a la barra, le pasaron dos latas de cerveza y otra jarra vacía. Habló otro poco y volteó a señalar la mesa y volvió.
—Quería hacerte unas preguntas.
—"Lo estás sintiendo; es como un búfalo contra un león, es más fuerte, pero hay que atacarlo en el momento correcto y en el punto correcto".
Manuel le hizo señas a Susi para que se sentara a su lado. Ella se levantó lentamente, mirando hacia el piso, y se sentó en el sillón junto a Manuel; él manifestó sus sombras cerca de él.
Guillermo volvió a mirarlo asombrado mientras se sentaba.
—Las está viendo.
Guillermo acercó su mano a una de ellas, la sombra hizo lo mismo hasta tocar la punta de sus dedos. Manuel sintió el roce; la sombra y Guille sacaron la mano.
—Ya me parecía que había visto algo cuando golpeabas a ese boludo que tocó a tu novia.
—Ella... no, no es mi novia.
—Lo que él dijo —sonrió.
—Perdón por la insinuación —abrió ambas latas—. Pensé que ya estaba medio en pedo. Pero lo que vi ahí fueron estas figuras negras. Ellas te ayudaron a pelear contra los pajeros —Guillermo le pasó la jarra a Manuel Cerró los dedos, los volvió a abrir. Volvió a cerrarlos y acercó la jarra a su lado de la mesa. Guille tomó de la suya.
—Eso mismo. ¿Usted también tiene una de estas sombras?
—No necesitó una mano extra, las mías ya son bastante fuertes... La verdad que me haces acordar a cuando era chico como ustedes. Estaba flaquito como vos.
Revolvió la jarra. Lo miró. Dio un trago.
—Entonces... ¿Cuál es su poder?
Guillermo se quedó en silencio viendo lo que quedaba de su jarra mientras se rascaba la barbilla.
—Digamos que mi genética es mi "poder" como le dijiste. Sí. Mi poder es mi cuerpo.
—Y... sus poderes... ¿le hablan?
Guillermo se atragantó con el trago de cerveza.
—¿Cómo es eso de que te hablan?
—Son como otra voz en mi cabeza.
Guillermo se quedó en silencio, golpeando la mesa con los dedos al ritmo de la música. Con la mirada perdida.
—Curioso... En mi caso son pensamientos intrusivos más que otra cosa. Me sincero con vos, cuando vine a hablarte y estabas en esa postura una parte de mí quería hundirte de una trompada contra la pared.
—Podría decir lo mismo... Hasta hace un momento me incitaron a que me lancé a atacarlo.
—Me alegra que me hayas sido sincero.
Manuel y Susi esperaron a que siguiera hablando, pero Guillermo solo se quedó con los ojos perdidos y la cara muerta.
Susi y Manuel lo miraron extrañados.
—Emm... ¿Está bien?
—Sí, sí, solo me quede pensando en todo esto —dijo antes de dar un pequeño trago—. Bueno... me parece que ya les quité demasiado tiem-
—Espere —dijo Manuel mientras una sombra tapaba el camino a Guillermo. Se sentó de nuevo, sobresaltado por la reacción del pibe— ¿Cómo obtuvo sus poderes?
—Ahora te digo.
Llegó la moza. Mientras ponía bandeja por bandeja con extremo cuidado, Susi miraba el reflejo de la luz en su frente, sus ojos abiertos que se clavaban en todo lo que agarraba y acompañaban el recorrido de su mano, y pensó que ella también deseaba alejarse lo antes posible.
—En seguida salen las papas, Guille. —Dijo la moza mientras se pasaba un papelito por la frente.
—Gracias, corazón. No hay apuro.
Manuel y Susi se sacaron el abrigo. Guillermo había cerrado los ojos, su respiración se volvió lenta y profunda, muy ruidosa. Era como si se hubiera transformado en una estatua, ningún sentido lo podía perturbar.
Abrió los ojos. Guillermo se levantó de la mesa sin decir una palabra y fue a la barra con toda la tranquilidad del mundo. Susi y Manuel se miraron entre ellos sin saber qué decir. Mientras abrían su comida, vieron a Guillermo pedir una birome y una servilleta en la que escribió. Luego volvió a la mesa y le dio la servilleta a Manuel.
—Perdón, a veces me quedo absorbido en mis pensamientos... Te dejo mi número por si acaso —dijo mientras se sentaba—. Yo descubrí mis poderes peleando en el ring. Era una pelea importante en el club... —hizo una larga pausa, con la mirada baja—, me habían dado un golpe que me había dejado de rodillas. Todavía me acuerdo de cómo me latían las venas de la cara... Había entrenado dos meses enteros, de lunes a sábado, todos los días levantado desde las cinco de la mañana hasta las diez de la noche, solo para que me hagan mierda en tres rounds. Cuando me estaba levantando ya no tenía nada en la cabeza. Tenía los músculos hinchados por la sangre, incluso de los que uno no se percata, y el corazón como si terminase de correr a toda carrera.
Me acuerdo de cómo me miró. Era como si hubiese sabido que esos dientes salvajes y esos ojos amarillentos eran lo último que iba a ver en este mundo. Después de verlo caer grité y miré a la audiencia como si quisiera ahuyentarla.
—¿Qué sentía en ese momento?
—La furia más rabiosa que un ser humano podría experimentar.
—Nunca creí tener tanto en común con alguien.
—¿Vos qué sentiste cuando despertaron tus "poderes"?
—La necesidad de destruir al borracho con el que me pelee. De eliminarlo... Lo ví destruído en el piso y me sentí libre
Guille rumiaba un pensamiento. Manuel metió el dedo en su trago para sacar algunos confites.
—¿Puedo probar?
—Sí, obvio. Se siente un montón el vodka igual —Manuel le pasó el colorido trago. Susi probó e hizo una mueca de asco.
—Todo tuyo —dijo riendo—. Se nota que el vodka es berreta. Pero berreta, berreta. —Guille sonrió con la vista a la nada. Susi se acercó el daikiri. Manuel lo vio. Manuel la vio—. Tomá probá el mío.
—Muy dulce creo... debe ser por el vodka.
—Tus golpes me llamaron la atención, tenés cierto talento para el combate y veo que lo disfrutas bastante contra el oponente correcto. Cuando quieras vení a mi gimnasio, sos más que bienvenido. Está cruzando las vías, pasando La bocacalle ¿lo ubicás?
—Sí, si, lo tengo ubicado. Es muy amable.
—No es nada —sonrió—. No les quito más tiempo, provecho y buenas noches —dijo guiñando.
Buenas noches dijeron los dos.
Susi revolvía la bombilla y lo miraba de reojo. Le pareció que lo del gimnasio no le había generado nada. Como si acabase de salir de una clase que no le interesaba. Como si tuviese memoria de pez dorado.
El mismo chico que ve ponerse nervioso enfrente de toda la clase. Siempre dubitativo e inseguro, de repente, su interior lo llamaba a la destrucción, y eso no le generaba duda.
Este chico al lado respondía a ese llamado como si fuese tocar la guitarra o cantar. Este chico castigaba las balas con la muerte, las nalgadas con golpes en la sien. Sin importar que lo intenten frenar, sin importar quién lo esté mirando. Después respira, mira a su alrededor, y se sienta a comer una hamburguesa, ignorando los ojos que lo vigilan.
—Es bastante agradable.
—Sí, se lo ve bastante copado.
—¿Postre?
—No, no. No puedo más. La hamburguesa estaba buenísima.
—Menos mal —dijo riendo— yo también estoy hasta arriba. Encima el trago ya está pegando me parece.
—Deja de tomar entonces que ya te tomaste la cerveza. —Susi intentó sacarle el trago, pero Manuel lo alejó de sus manos.
—Estoy bien. Sé que te tengo enfrente y estoy en un bar. No estoy borracho: sólo estoy medio dormido. —Dijo mientras fingía cabecear.
Manuel le volvió a preguntar si quería algo más. Después de esperar el momento perfecto, hizo señas a la moza. Mientras terminó el trago, no hizo ninguna mueca. Pagaron y salieron.
—¿Te gustaría ir al departamento de allá?
—¿Subir decís?
—Sí, a la terraza.
—Pero ¿no nos van a echar?
—Lo hago todo el tiempo. Vayamos.
Manuel le dio el codo, Susi lo tomó. Caminaron hasta la esquina, dos cuadras hacia adentro y se hundieron en la oscuridad de un árbol.
—Ya me voy acostumbrando.
—Me alegro. Esta es mi parte favorita de mis poderes.
Se asomó al borde del edificio y contempló la ciudad bajo sus pies. Sonrió. Miró el horizonte, hecho de cielo plano y de diferentes alturas con foquitos brillantes y sintió que no estaba obligado a decir ni hacer nada. Retrocedió y se sentó.
Susi no dijo nada hasta que empezó a temblar de frío.